Mejor, imposible: una historia que no deja de enseñarme algo nuevo

                                                         
— Tú haces que quiera ser mejor persona.
—Puede que sea el mejor cumplido de toda mi vida.

Han pasado veintisiete años desde la primera vez que vi Mejor, Imposible (As Good as It Gets, James L. Brooks, 1997). Jack Nicholson y Hellen Hunt recibieron sendos premios óscar por su trabajo en esta película. Esa era mi mayor referencia. No recuerdo en qué vídeo club leí su sinopsis, pero decidí que era apropiada para un espacio de cineforo familiar que, en ese entonces, dirigía y programaba, para un proyecto de sensibilización sobre el VIH, en uno de los museos más importantes de la ciudad. Desde ese momento algo en mí quedó atrapado. 

El ritual de volver

No sé exactamente cuándo se convirtió en tradición el verla año tras año. Quizá fue cuando tuvimos un reproductor de DVDs en casa, o sea, cuando mis hijas ya estaban casi en edad escolar. Sí, debió ser en esa época, en que hacíamos salidas familiares a las tiendas de películas en la Alborada o Samanes.

Hay años en los que no la he visto, seguro. Se me ha pasado, la vida se ha interpuesto. Pero procuro que sea en la misma época (alrededor de mi cumpleaños, que es en julio). Es mi momento para parar y volver a Melvin, Carol, Simon y el pequeño Spencer.

 Melvin y yo: un espejo que no esperaba

Melvin Udall es un hombre de sesenta años, escritor de novelas románticas en la Nueva York de finales del siglo XX. Pero no es un escritor cualquiera. Es un hombre atrapado en sus obsesiones: su jabón de glicerina que usa una vez y desecha, sus guantes para no tocar nada, su necesidad de control absoluto.

En mi primer visionado, a los 18 años, yo escribía poesía y asumí que aquello sería mi vida, mi rango y mi decisión. Ahora, con 45 años, he escrito mi primera novela, y me siento más cercano a Melvin que nunca. Y me pregunto: ¿la soledad en la que vive Melvin es decidida, buscada, o simplemente ocurrió? ¿Es una elección o una condena?

 Carol, la que no puede esperar

Carol Connelly es la camarera del restaurante, la única que puede lidiar con él. Tiene un hijo enfermo, Spencer, que depende de un seguro básico, vive con defensas bajas, con alergias, sin poder hacer deporte ni llevar una vida plena. Y Melvin, para recuperar su cotidianidad segura, logra que el esposo de su editora vaya a ver al niño. Ese acto cambia la vida de todos.

Carol sabe que no va a estar con él —que no es un gesto que se devuelva con sexo, que la cosa no pasa por ahí, pero necesita que la abracen, que le hagan el amor de vez en cuando. Es madre, es mujer, es alguien que también merece ser cuidada.

¿Mejor? Imposible

La película habla de la amistad, de darse la oportunidad de salir del ego para entender al otro. De vernos realmente. De reconocer que, aunque estemos seguros y confiados, aunque creamos que tenemos las cosas resueltas, necesitamos amar y necesitamos ser amados.

Melvin está enamorado desde que empieza la película, pero no lo entiende ni lo sabe hasta que lo ve claro. Y esa revelación es brillante. Quizá le pasó que, al llegar ella a su mesa, fue verla y amarla; como de seguro nos ha pasado también, alguna vez, a todos nosotros.

No lo sabemos ni lo intuimos, pero puede que ese palpitar secreto e inconsciente sea la base sobre la que construiremos el amor. Un día alguien atraviesa una puerta y ocurre, sin enterarnos apenas; y, cuando nos damos cuenta, ese alguien es la decisión que determina nuestra vida.

 ¿Qué queda después de 27 años?

He visto la película solo, la mayoría de las veces. No sé si la he compartido lo suficiente. Cada año encuentro algo nuevo. Porque las lecturas cambian, las asociaciones se transforman, y uno se reconoce distinto en los mismos personajes y en la misma historia, “siempre igual, pero distinto” como dice la canción.

Ahora que he escrito mi primera novela, que he vivido, que he tenido pareja y he dejado de tenerla, que he construido mi vida lejos de aquel joven que escribía poesía... ahora la veo de otra manera. Melvin y Carol son dos personas que conectan a pesar de todo. Que asustan y que se asustan. Pero que se dan la oportunidad.

Y al final, quizá de eso se trata: de reconocernos siempre, de darnos la oportunidad, de cerrar heridas y abrir puertas. De aprender a salir de nosotros mismos para poder ver al otro. Porque, aunque estemos seguros y confiados, todos necesitamos que alguien nos abrace. Y si es posible, enhorabuena.

Les invito a verla. Hoy en día está a un clic de distancia. Es una película sobre conectar, sobre tener miedo y sobre dejar que el aire entre. Significa mucho para mí. Ojalá también para ustedes. ¿Me acompañan?


NOTA: Han pasado veinte años desde la primera vez que subí una entrada de blog. Supongo que hoy en día muy pocos los leen. Es posible que no vuelva a pasar por aquí, así que si coincidimos en esta vida digital, que sepas lector/lectora que se te quiere, se te estima, se te ama.

Fortuna y parabienes.


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